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Transparencia

Se dice que una cosa es transparente cuando ésta permite pasar la luz. Así pues, si partimos de que la luz es la base de la vida convendremos todos que la transparencia es una calidad o virtud esencial, un valor que hay que mantener y a la vez difundir.

Permitir que la realidad se muestre ante todo el mundo tal y cómo es un deber al que todos venimos obligados. De hecho, sólo cuando se dispone de toda la información uno es realmente libre, libre para poder decidir en cada momento e, incluso, libre de optar para no conocerla si realmente esto es el que más le conviene.
Desgraciadamente, para mantener las situaciones de poder, para ocultar negligencias, por inseguridad o simplemente por miedo, suele ser bastante habitual que predomine la opacidad -la oscuridad- frente a la transparencia -la luz- y que a las personas, a los ciudadanos, a los pacientes, a los socios, a los usuarios o clientes se nos haga llegar tan sólo parte de la información o bien nos llegue distorsionada, siguiendo los intereses de quien conoce la realidad de las cosas.
Aun así, cada vez más, y gracias a las redes sociales y a la nueva sociedad de la información, la ciudadanía está ganando en libertad como consecuencia de la circulación rápida y masiva de la información, la cual antes no tenía vías de libre difusión o que, incluso, era altamente secreta, como es el caso de Wikileaks o las filtraciones del agente de la CIA Edward Snowden. Ahora bien, a pesar de que, indudablemente, es un adelanto altamente positivo, hay que mantener en todo momento un espíritu crítico y ser consciente que no toda la información que nos llega es veraz, por lo que en todo momento hay que evaluar las fuentes y su credibilidad antes de darla por buena.
En consecuencia, para cumplir con este derecho y, a la vez, anhelo de información tenemos que empezar por nosotros mismos en todo aquello que esté en nuestras manos, como es el caso de nuestras profesiones y predicar con el ejemplo. Es por eso, que en mi caso he querido hacer prevalecer este valor por encima de otros en el ejercicio de la abogacía, haciendo partícipes a los clientes de toda la información relativa al asunto o problemática que les afecta, principalmente en aquello relativo a mi intervención profesional, a los documentos emitidos, negociaciones con terceros así como a la confección y justificación de honorarios. De hecho, la experiencia de muchos años y del día a día demuestra que sólo cuando los clientes tienen la libertad de conocer y valorar el trabajo hecho se puede generar un espiral de confianza mutua, circunstancia que aporta tranquilidad y, a finales del proceso, agradecimiento.
 

Claridad

Me refiero a la claridad no en cuanto a la sensación de iluminación de un objeto, sino a la capacidad de discernir o percibir distintamente que tenemos las personas. Esta capacidad es la que nos hace avanzar, decidir, evolucionar, crecer, en definitiva.

Este concepto vital, igual que otros de los que os he venido hablado, como es el caso de la Transparencia, también viene relacionado con la luz, la luz cono esencia de la libertad y la toma de decisiones tanto personales como profesionales. De hecho, no es casualidad que cuando se habla de claridad de ideas también se relacione con otras termas vinculados a la luz, como es el caso de la lucidez, focalizar nuestros pensamientos e intenciones o, en términos más trascendentales, cuando hablamos de seres iluminados, como ejemplo máximo de la claridad en el sentido de encontrar la esencia de todo y lograr un estado mental que nos lo haga ver todo de manera cristalina y diáfana, sin puntos oscuros.
En contraposición a la claridad encontramos la oscuridad y todos sus matices y es, entonces, cuando nos paramos, dudamos y nos estancamos porque no lo vemos claro, lo vemos negro o simplemente no lo vemos. Es por eso que si queremos tener las cosas claras y realmente salir adelante en nuestras vidas tenemos que ser conscientes que no tenemos que desesperar cuando todo nos parezca oscuro, peoque la luz siempre está, a pesar de no la podamos ver en este momento. De hecho, cuando hace un día triste y negro, nublado, el Sol luce con idéntica fuerza que el día más soleado, sólo hay que saber que está sobre de estas nubes que no nos dejan ver, pero está, del mismo modo que cuando es de noche el Sol sigue iluminando en otros lugares y es cuestión de horas que también vuelva a iluminarnos a nosotros. Y, para los casos que no podamos esperar a que la luz llegue a nosotros, es entonces cuando hay que contar con la ayuda de alguien que disponga de las herramientas adecuadas para proporcionarnos esta iluminación que precisamos.
Así pues, cada cual tiene que buscar para sus adentros o con la ayuda otros el momento y las circunstancias para ir iluminando los puntos oscuros que no le permiten ver claro y así poder focalizarse en la toma de decisiones y no detenerse. Una vez lograda la Claridad que todos necesitamos, los miedos que nos ahogan se esfumaran y podremos avanzar en libertad en nuestro camino con decisión y todo el convencimiento. 
Es por todo ello que la satisfacción me invade cada vez que mi ayuda sirve para dar luz a las dudas y oscuridades de quienes acuden a mí, como si de un faro se tratara, y acaban encontrando la tranquilidad para enfrentar sus miedos y desazones y la claridad para seguir adelante en sus vidas y proyectos.
 

Independencia

Esta es la palabra que últimamente está en boca de todos. Se habla en el bar, en casa, en el trabajo, en los parlamentos, en la prensa e, incluso, en los campos de fútbol, escuelas y hospitales.

Unos están a favor, otros en contra, unos no lo tienen claro y algunos se dejarán guiar por el sentimiento mayoritario, aceptando democráticamente la voluntad de la mayoría.

Ahora bien, el valor que representa esta palabra es muy grande, enorme, y trasciende cualquier consideración política o social del término. La Independencia significa Libertad, la Libertad, en este caso, respecto de la subordinación a un poder mayor.

Por otro lado, Independencia también significa entereza, firmeza de carácter. Así pues, mi parecer es que en el sentido amplio del término, más allá del terreno político, la Independencia es un valor altamente positivo, necesario e, incluso, irrenunciable para el individuo.

Con todos mis respetos, que una persona no quiera ser independiente la convierte en cobarde y pusilánime, significa que no tiene suficiente fuerza, valor, coraje, pasión o ilusión para ser sí misma, para llegar a ser alguien mejor, más libre, y se resigna a entregarse al devenir de las circunstancias y a las voluntades ajenas durante toda su existencia, sin conciencia propia ni poder de decisión. Muy triste, pues hemos venido a este mundo a ser alguien, a dejar huella, a hacerlo mejor o, en todo caso, a ser felices sin más y dudo que se puedan cumplir estas expectativas vitales partiendo de la dependencia de alguien otro, sobre todo si de una manera u otra te oprime o te limita tus potencialidades y anhelos.

Conseguir la Independencia, personal, laboral, política o, de cualquier tipo produce un cambio de estado a mejor, aumenta la autoconsciencia, multiplica la autoestima, estimula la creatividad, regenera las relaciones, y, a pesar de la responsabilidad y el poder que se te otorga, todo adquiere una nueva perspectiva, como si de un renacimiento se tratara y, de forma maravillosa, la vida te da una nueva oportunidad para que pruebes de ser quién tú realmente quieres ser y, una vez conseguido o en el camino de hacerlo, un mundo de oportunidades se abre ante ti y ningún obstáculo, por insalvable que pueda parecer, es capaz de hacer que lamentes el camino que emprendiste y esto es así simplemente porque te sientes libre y esto … esto no tiene precio, por lo que es un camino de no regreso.

No tengáis miedo y liberaos, sed vosotros, comandad vuestras vidas, sed independientes.
 

Quo vadis Tarragona

 

Desde siempre, los tarraconenses de toda la vida nos hemos creído lo qué se nos decía desde fuera, es decir, que éramos la California del Mediterráneo; que teníamos una envidiable calidad de vida, una pequeña gran ciudad hecha a medida de las personas donde podías ir andando en todas partes; muy comunicada por tierra, mar y aire; una ciudad con historia, patrimonio y cultura; un microclima único y con unas playas de sueño.

De hecho, durante unos años dorados no tan lejanos todo parecía presagiar que todos estos piropos que nos venían de fuera quizás eran verdad y que, realmente, éramos unos privilegiados y no valorábamos lo que teníamos. La ciudad antes que nada recuperó su luz, tanto lumínica cómo de espíritu; se recuperó la Parte Alta; el Puerto creció logrando un altísimo nivel; las fiestas populares revolucionaron la ciudad y la autoestima del tarraconense; urbanísticamente aparecieron nuevos barrios residenciales y se reordenaron otros; el Serrallo se lavó la cara deviniendo un destino alternativo, más allá de su atractivo gastronómico; abundaban los festivales culturales, los bares musicales, salas de fiesta, los conciertos y las películas (en versión original y en cines convencionales) y la Rambla era un lugar digno donde pasear.

Más tarde, se pasó de los hechos a las palabras, a la inversa de lo que tendría que ser, y se vivió muchos años de futuras expectativas, todas ellas truncadas. Fue la época de los inicios del POUM, fustigado y lamentablemente recortado; de proyectos de fachada marítima frustrados; de candidaturas a Juegos del Mediterráneo, capitalidades de la Cultura (!?), de megacomplejos deportivos y un nuevo estadio para el Nàstic, de parkings futuristas, costosísimos mercados, del fantasma del IKEA, de una Tabacalera infrautilizada, etc.

Ahora la juventud, vuelve a marchar de fiesta fuera de la ciudad, como hace veinte años atrás; la Rambla se ha vendido a los paradistas, a los churreros y a los skaters; cierran los pocos cines y salas de conciertos que nos quedaban; se suspenden los cuatro festivales que de verdad hacían ilusión a los ciudadanos amantes de la cultura; el Nàstic posiblemente vuelva a vivir su época más gris, después de años de alegrías; la suciedad y los palomos siguen proliferando; los comerciantes de la zona del mercado quizás no aguanten hasta que se acaben las obras y vean morir sus negocios antes de poder disfrutar del proyecto que los ha condenado y los del centro no saben si los clientes que ya no tienen están en casa sufriendo la crisis o al Corte Inglés.

Vergüenza, esto es el que siento, y mucha pena, pena de pensar lo que podríamos haber llegado a ser en pocos años y del que no seremos en mucho tiempo; rabia por los intereses partidistas que en su día antepusieron el boicot a aprobar grandes proyectos y tristeza por haber dejado pasar la oportunidad cuando ciudad, nación y sido tenían un mismo color político y se podrían haber logrado grandes hitos que se han perdido en el olvido.

Me duele reconocerlo, pero a veces me gustaría que los tarraconenses tuviéramos el patriotismo, el orgullo, la astucia y la unión que tienen en Reus. Quizás es que al tener el mar y la playa cerca nos ha hecho más románticos y desprendidos. ¡Debe de ser esto!

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